jueves, 14 de enero de 2010

Urbe Desorbitante

Mientras tanto en la urbe desorbitante:

Y Salomón salió a caminar. Dobló en la esquina para tomar la calle perniciosa por excelencia, la calle que en tus días buenos es sólo bulliciosa e inquieta, pero que cuando estás deprimido transmuta, parece escupir pus de sus enfermas aceras y te grita como un lunático aturdido sin medicación. Había pintura blanca y fresca en el centro de salud, Salomón apenas resistió la tentación de tocarla y embadurnar su blancura sobre un muro ajeno con las manos. Meditó en firmar algunos de sus cuadros con el pseudónimo de “el serch”, sin motivo, sólo porque sí, tal vez firmar la mayoría de su trabajo con un nombre diferente cada vez; y así romper con la vanidad inherente a los artistas de la nueva ola, porque, es el impulso lo que debe permanecer al final ¿o no Mario Bellatin?
Se encontró con Dimitri, quien de pronto emergió del gentío volviéndose nítido:
-¡Dimitri! El muchacho blanquísimo tardó unos segundos en enfocar la mirada, como un desahuciado
-Ah, ¿qué onda mi Salo?, oye, ¿no tendrás unos quinientos varos que me prestes? Salmón se quedó escrutiñando a su viejo amigo, lo percibió flaquísimo y de venas saltadas y con un reproche desilusionado soltó:
-Ay güey, ya volviste a las andadas ¿verdad?
-No güey, no es eso, los necesito para otra cosa. Salomón meneo la cabeza, trato de hacer oídos sordos y continuar su camino. Dimitri lo tomó del brazo y lo miró con sus ojos de diablo güero. “Préstamelos” sopló mientras el frío de la navaja atravesaba a Salomón, empapándose con el tibio carmesí de su sangre. Todo se paralizó sin dejar de moverse. Una mano esculcó el bolsillo derecho y sustrajo la cartera, el cuerpo de Salomón automáticamente se fue recostando, liberándose con la caída del abrazo tramposo. Se desplomó en medio de los transeúntes que caminaban hacia todas direcciones sin prestar atención. Escupió vómito con sangre y pensó en lo graciosas que las personas se ven cuidándose de todos, desconfiando del prójimo y sospechando del peatón de al lado, ¡qué ridículo!, cuando en verdad te llega la hora ni siquiera lo ves venir; y es quien menos te imaginarías. La muchedumbre comenzó a rodearlo...


El paquidermo y su memoria

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